
Rodrigo Vera
APRO
Isla Cozumel— El lujoso crucero The Seven Seas Navigator abandonó con lentitud el muelle de Punta Langosta y enfiló hacia el mar poniente, dejando atrás una larga cauda de espuma que destellaba a la luz de la luna, como si fuera la cola plateada de un cometa.
Desde la costa, muchos isleños vieron alejarse a la blanca y espigada embarcación con sus turistas a bordo, hasta que se perdió en la oscuridad del Caribe. Esa noche del 25 de abril pasado el oleaje se mecía tranquilo, mientras que un viento suave arrastraba el olor del sargazo.
No había indicios de alarma. Fue por eso que ni los más supersticiosos pobladores presagiaron la desgracia que se les venía encima. Nadie imaginó que, tras la epidemia de influenza, ese fue el último crucero al que las autoridades estadounidenses permitieron anclar en la isla de Cozumel durante más de dos semanas. Una prohibición cuyas secuelas aún están por verse.
Don Ramón Herrera recuerda que a la agencia de buceo donde trabaja, Aqua Safari, llegaron la mañana de ese día un grupo de gringos que bajaron del crucero, pidiendo ir a bucear a los arrecifes:
“Les dimos sus escafandras y los llevamos en lancha a bucear. Se divirtieron. Después regresaron al Seven Seas junto con los demás turistas. Había muy buen clima. Al crucero lo vimos partir por la noche. Nunca imaginamos que sería el último que veríamos por quién sabe cuánto tiempo”, dice. Detalles.
APRO
Isla Cozumel— El lujoso crucero The Seven Seas Navigator abandonó con lentitud el muelle de Punta Langosta y enfiló hacia el mar poniente, dejando atrás una larga cauda de espuma que destellaba a la luz de la luna, como si fuera la cola plateada de un cometa.
Desde la costa, muchos isleños vieron alejarse a la blanca y espigada embarcación con sus turistas a bordo, hasta que se perdió en la oscuridad del Caribe. Esa noche del 25 de abril pasado el oleaje se mecía tranquilo, mientras que un viento suave arrastraba el olor del sargazo.
No había indicios de alarma. Fue por eso que ni los más supersticiosos pobladores presagiaron la desgracia que se les venía encima. Nadie imaginó que, tras la epidemia de influenza, ese fue el último crucero al que las autoridades estadounidenses permitieron anclar en la isla de Cozumel durante más de dos semanas. Una prohibición cuyas secuelas aún están por verse.
Don Ramón Herrera recuerda que a la agencia de buceo donde trabaja, Aqua Safari, llegaron la mañana de ese día un grupo de gringos que bajaron del crucero, pidiendo ir a bucear a los arrecifes:
“Les dimos sus escafandras y los llevamos en lancha a bucear. Se divirtieron. Después regresaron al Seven Seas junto con los demás turistas. Había muy buen clima. Al crucero lo vimos partir por la noche. Nunca imaginamos que sería el último que veríamos por quién sabe cuánto tiempo”, dice. Detalles.
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