“Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua” ANTOINE DE SAINT-EXUPERY
lunes, 29 de agosto de 2011
lunes, 15 de agosto de 2011
Para entender el #15M Luis García Montero
Luis García Montero
Para entender
el 15M

Benito Perez Galdós imaginó la fórmula de los Episodios Nacionales para poder contar la historia de España con la perspectiva de las calles y las plazas. La visión urdida en los palacios se había apartado mucho de la realidad. Gente humilde debía narrar los acontecimientos políticos y la vida cotidiana del país. Los escritores regeneracionistas de finales del siglo XIX y principios del XX, Costa, Unamuno, Azorín, Antonio Machado, recogieron su herencia al denunciar la separación entre la España real y la España oficial. Con el fracaso de la Primera República, se había restaurado la monarquía borbónica en un sistema de falsa democracia. Dos partidos, Liberal y Conservador, representantes de los mismos o parecidos caciques, se turnaban en el gobierno de forma pactada. Los famosos versos de Machado, “una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”, no aluden a la izquierda y la derecha, a la España republicana y a la fascista, sino a esos dos partidos que significaban el mismo frío. La proclamación de la II República supuso el intento pacífico de volver a unir la representación pública con la vida real. Para conseguirlo debieron unirse, en una conjunción republicano-socialista, la voluntad democrática de la burguesía progresista y los movimientos obreros.
Me permito este breve recuerdo histórico porque creo que tiene mucho que ver con los motivos que han alumbrado el movimiento callejero de rebeldía conocido como “15 de mayo”. Se ha escenificado la protesta de los ciudadanos ante una nueva separación entre la España real y la España oficial.
La crisis económica esconde, sobre todo, una crisis de cultura. En nombre de los beneficios de las grandes empresas y los especuladores, asistimos a la liquidación del Estado del bienestar. El deterioro de los servicios públicos, la pérdida de los sentimientos de comunidad y solidaridad, la renuncia a los deseos de igualdad y al pudor de una economía democrática con voluntad de equilibrio, no responden a una falta de dinero, sino a una falta de conciencia. Y ha sido tanta la avaricia de los poderes financieros y la humillación de los partidos mayoritarios, que se ha producido una quiebra ruidosa entre las declaraciones oficiales y la experiencia real de los ciudadanos. Los jóvenes que gritan “los políticos no nos representan” ante el Parlamento, denuncian algo más grave que la corrupción de algunos sinvergüenzas que aprovechan sus cargos públicos para hacer negocios privados. Protestan por la corrupción de todo un sistema que ha borrado el mandato de la soberanía civil para ponerse al servicio de los mercados. De poco sirve votar si después los gobernantes no aplican sus programas electorales y se limitan a imponer las medidas que exigen los especuladores.
La gente comprueba en sus vidas que las leyes reformadas en nombre de la creación de empleo sólo sirven para degradar las condiciones de trabajo y facilitar el despido gratuito. La gente comprueba también que los recortes de gasto que se hacen en nombre de la viabilidad de los servicios públicos, tienden a expulsar a las clases medias de la educación y la sanidad estatal. Cuando sólo queden los pobres, es decir, cuando el concepto de caridad desplace a los derechos cívicos conquistados, se dejará que el sistema pierda, ya del todo, su agredida calidad actual.
Las consignas del neoliberalismo quedaron desmentidas por la experiencia real. En su último libro, El refugio de la memoria, el historiador británico Toni Judt habló de un totalitarismo neoliberal que identificaba la modernidad con las privatizaciones y los beneficios de la especulación. Esta cultura dominante, impuesta por los grandes poderes mediáticos, ha saltado por los aires en la imaginación de la gente al estrellarse con las condiciones de sus propias vidas. Y es que la tan cacareada crisis económica no implica una falta real de dinero. Es una excusa para recortar derechos sociales y acumular los beneficios en unas pocas manos avariciosas.
Conviene analizar bien el papel desempeñado por la juventud en el 15M. Hay palabras por las que los escritores y las sociedades deben pelear. La palabra juventud es una de ellas. A la muerte del caudillo Francisco Franco, España vivió algo más que una transición entre la dictadura y la democracia. Lo que se produjo en realidad fue una mutación antropológica, el paso de una sociedad pobre a las formas económicas y culturales del capitalismo avanzado. Fue un proceso muy parecido al que Pasolini observó en la Italia de los años sesenta. El país humilde en el que yo había crecido (trenes viejos, emigrantes que viajaban a Alemania para ganarse la vida, catolicismo represivo) se transformó de pronto en el territorio de la alta velocidad, la inmigración y una vida hedonista sin valores. El nihilismo del consumo. Los deseos de olvido no sólo apuntaron a los crímenes del franquismo. Los antiguos humillados en los trabajos pobres de Europa debían aprender a despreciar a los inmigrantes que ahora llegaban al país.
El papel reservado en este proceso a la juventud era el consumismo, la despolitización, la estupidez de la telebasura y la banalidad. La metáfora del botellónde los años noventa, jóvenes reunidos en las plazas para consumir alcohol barato, había sustituido a la clandestinidad de los muchachos barbudos que conspiraban contra la dictadura. Pero he aquí que una parte muy significativa de la juventud ha decidido romper este guión. Educada ya en la democracia, acostumbrada desde las guarderías a participar en asambleas, la juventud no ha querido aceptar la degradación política y ha salido a la calle para pedir una reforma del sistema electoral y leyes que limiten la avaricia de los bancos y los especuladores. Su voluntad democrática ha convertido el respeto hacia el otro en un valor decisivo para sus reivindicaciones. Es toda una novedad en la historia de España: un movimiento callejero de cientos de miles de ciudadanos se produce sin violencia y sin víctimas. Y es una suerte, además, que en tiempos de absoluto descrédito de la política por la complicidad de los partidos mayoritarios con los poderes financieros, los jóvenes no hayan promovido una reacción populista, demagógica, proclive a la manipulación totalitaria y a los líderes de masas. Critican a los partidos, pero en nombre de la dignidad de la política y la democracia.
Este es el espíritu que ha llenado las plazas. En la Puerta del Sol de Madrid, me encontré una pancarta con una cita de Shakespeare: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”.
miércoles, 10 de agosto de 2011
Un sistema financiero convertido en manicomio, unas elites políticas totalmente desnortadas Will Hutton

martes, 9 de agosto de 2011
Londres: la razón de las llamas

lunes, 8 de agosto de 2011
Estados Unidos en decadencia Noam Chomsky
domingo, 7 de agosto de 2011
Hace 30 años: el día que murió la clase media Michael Moore
sábado, 6 de agosto de 2011
Leche derramada. Chico Buarque

Periódico La Jornada
Sábado 6 de agosto de 2011, p. 4
Una historia familiar marcada por la decadencia social y económica, impregnada por el devenir de Brasil de los dos recientes siglos, se destila en la voz de un hombre muy viejo, desde la cama de un hospital, en un monólogo dirigido a su hija, a las enfermeras o a cualquiera que preste oído. La novelaLeche derramada, de Chico Buarque, quien es más conocido como músico, ofrece un relato con una estructura narrativa despegada al tiempo lineal, justo como los recuerdos de un anciano. La Jornada ofrece a sus lectores, con autorización de la editorial, un fragmento del libro publicado en español por Salamandra
1
Cuando salga de aquí nos casaremos en la hacienda de mi feliz infancia, al pie de la montaña. Te pondrás el vestido y el velo de mi madre, y no lo digo porque me haya puesto sentimental, no es por la morfina. Tuyos serán los encajes, la cristalería, la vajilla, las joyas y el nombre de mi familia. Darás órdenes a los criados, montarás el caballo de mi antigua mujer. Y si todavía no hay electricidad en la hacienda, haré traer un generador para que puedas ver la televisión. También habrá aire acondicionado en todas las piezas de la casa, porque hoy en día hace mucho calor en la cañada. No sé si siempre ha sido así, si mis antepasados sudaban bajo tanta ropa. Mi mujer sí, sudaba bastante, pero ya pertenecía a una nueva generación y no poseía la austeridad de mi madre. A mi mujer le gustaba el sol, siempre volvía arrebolada de las tardes en la playa de Copacabana. Pero nuestro chalet de Copacabana se vino abajo, y de todos modos no viviría contigo en la casa de otro matrimonio, nosotros viviremos en la hacienda al pie de la montaña. Nos casaremos en la capilla que consagró el cardenal arzobispo de Río de Janeiro allá por mil ochocientos y pico. En la hacienda me cuidarás a mí y a nadie más, por lo que me repondré del todo. Y plantaremos árboles, y escribiremos libros, y si Dios quiere incluso criaremos hijos en las tierras de mi abuelo. Pero si no te gustara vivir al pie de la montaña por culpa de las ranas y los insectos, o la lejanía o cualquier otra cosa, podríamos vivir en Botafogo, en la mansión que construyó mi padre. Allí hay habitaciones inmensas, baños de mármol con bidets, varios salones con espejos venecianos, estatuas, columnas monumentales y tejas de pizarra importadas de Francia. Hay palmeras, aguacates y almendros en el jardín, que se convirtió en aparcamiento cuando la embajada de Dinamarca se mudó a Brasilia. Los daneses me compraron la mansión a precio de ganga por culpa de los chanchullos de mi yerno. Pero si mañana vendo la hacienda, que tiene doscientas hectáreas de campos de labranza y pastos surcados por un arroyo de agua potable, tal vez pueda recuperar la mansión de Botafogo y restaurar los muebles de caoba, mandar afinar el piano Pleyel de mi madre. Tendré chapuzas con las que mantenerme ocupado durante años, y si quisieras seguir ejerciendo tu profesión podrías ir al trabajo caminando, ya que en el barrio abundan los hospitales y consultas. De hecho, justo encima de nuestro terreno han levantado un centro médico de dieciocho pisos, lo que me hace recordar que la mansión ya no existe. Y tampoco la hacienda al pie de la montaña, creo que nos la expropiaron en 1947 por el trazado de la autopista. Estoy pensando en voz alta para que me escuches. Y hablo despacio, como quien escribe, para que me transcribas sin necesidad de ser taquígrafa, ¿sigues ahí? Se ha terminado el culebrón, las noticias, la película, no sé por qué dejan el televisor encendido cuando se acaba la programación. Quizá para que el zumbido disimule mi voz, para que no moleste a los demás pacientes con mi cháchara. Pero aquí sólo hay hombres adultos, casi todos medio sordos, si hubiese señoras mayores en la sala me mostraría más discreto. Por ejemplo, jamás hablaría de las putitas que se acuclillaban con frenesí cuando mi padre les arrojaba monedas de cinco francos en su suite del Ritz. Allí estaba él, muy convencido, y las cocottes en cueros y en postura de sapo, empeñadas en atrapar las monedas de la alfombra sin valerse de los dedos. A la vencedora la mandaba bajar conmigo a mi habitación, y de vuelta en Brasil le confirmaba a mi madre que iba perfeccionando el idioma. En casa, como en todas las buenas casas, delante del servicio los asuntos de familia se trataban en francés, aunque para mi madre hasta pedir el salero era un asunto de familia. Y además hablaba con metáforas, porque en aquellos tiempos cualquier enfermera de tres al cuarto tenía nociones elementales de francés. Pero ya veo que hoy no estás para charlas, has vuelto enfurruñada, vas a ponerme la inyección. El somnífero ya no me hace efecto inmediato, y sé que el camino del sueño es como un pasillo lleno de pensamientos. Oigo ruidos de gente, de vísceras, un tipo intubado emite sonidos rasposos, quizá intente decirme algo. El médico de guardia entrará apresurado, me tomará el pulso, quizá me diga algo. Un cura vendrá a visitar a los enfermos, susurrará palabras en latín, pero no creo que se dirija a mí. Una sirena en la calle, un teléfono, pasos, siempre hay alguna expectativa que me impide conciliar el sueño. Es la mano que me sujeta por los pocos pelos que me quedan. Hasta que me tope con la puerta de un pensamiento hueco, que me engullirá y me arrastrará a las profundidades, donde acostumbro a soñar en blanco y negro.
2
No sé por qué no alivias mi dolor. Cada día levantas la persiana con brusquedad y me arrojas el sol a la cara. No sé qué gracia les ves a mis muecas, siento una punzada cada vez que respiro. A veces inspiro con ganas y me lleno los pulmones de un aire insoportable para tener unos segundos de consuelo expeliendo el dolor. Aunque puede que mi vida ya fuera un poco así, mucho antes de la enfermedad y la vejez, un dolorcillo tonto que me fastidia todo el rato, y de pronto un zarpazo atroz. Cuando perdí a mi mujer fue atroz. Y cualquier cosa que recuerde ahora me dolerá, la memoria es una vasta herida. Pero ni así me das las medicinas, qué crueldad la tuya. No creo ni que seas enfermera, nunca he visto tu cara por aquí. Claro, eres mi hija, estabas a contraluz, dame un beso. Justamente iba a llamarte para que vinieras a hacerme compañía, leerme la prensa, novelas rusas. Dejan ese televisor encendido día y noche, la gente aquí no es nada sociable. No me quejo de nada, hacerlo sería una ingratitud hacia vosotros, tu hijo y tú. Pero si el chico tiene tanto dinero, no sé por qué demonios no me ingresa en un sanatorio tradicional, de religiosas. Yo mismo podría costearme el viaje y el tratamiento en el extranjero si tu marido no me hubiese llevado a la ruina. Podría establecerme en el extranjero, pasar el resto de mis días en París. Si me diera la gana, podría morirme en la misma cama del Ritz en la que dormí siendo niño. Porque en las vacaciones de verano tu abuelo, mi padre, siempre me llevaba a Europa en vapor. Más tarde, cada vez que veía uno de aquellos grandes barcos en el horizonte, rumbo a Argentina, llamaba a tu madre y señalaba: ¡ahí va elArlanza!, ¡el Cap Polonio!, ¡el Lutétia!, y se me llenaba la boca al contarle cómo era un transatlántico por dentro. Tu madre nunca había visto uno de aquellos barcos de cerca, después de casada apenas salía de Copacabana. Y cuando le anuncié que pronto iríamos al puerto para recibir al ingeniero francés, se hizo de rogar. Que si eras una recién nacida y no podía dejarte, que si esto, que si lo otro, pero en cuanto pudo se fue en tranvía a la ciudad y se cortó el pelo a lo garzón. Llegado el día, se vistió como consideró que merecía la ocasión, con un vestido de satén naranja y un turbante de fieltro más anaranjado aún. Yo ya le había sugerido que reservara todo aquel lujo para el mes siguiente, cuando la despedida del francés, pues subiríamos a bordo para la recepción oficial. Pero ella estaba tan ansiosa que acabó de arreglarse antes que yo y se quedó plantada en la puerta, esperándome. Con aquellos tacones, parecía que se aupara sobre los dedos de los pies, y estaba demasiado sonrosada o se le había ido la mano con el colorete. Cuando vi a tu madre en semejante estado le dije: tú no vienes conmigo. Por qué no, preguntó ella con un hilo de voz, pero no le di explicaciones, cogí el sombrero y me fui. Ni me detuve a pensar de dónde procedía aquella ira repentina, sólo sentí que la ira ciega que me producía su entusiasmo era anaranjada. Y voy a dejarme de tanta palabrería porque el dolor no hace más que empeorar.
3
Esa que ha venido a verme, nadie se lo cree, es mi hija. Se ha quedado así, maltrecha y desquiciada, por culpa de su hijo. O nieto, ahora mismo no recuerdo si el chico era mi nieto o tataranieto o qué. Al paso que se estrecha el tiempo futuro, las personas más recientes se amontonan en un rincón de mi cabeza. En cambio, para el pasado tengo un salón cada vez más espacioso en el que caben con holgura mis padres, abuelos, primos distantes y colegas de la facultad a los que ya había olvidado, con sus respectivos salones repletos de parientes y contraparientes y tipos que se han colado con sus amantes, más las reminiscencias de toda esta gente, hasta los tiempos de Napoleón. Fíjate, ahora mismo te miro, a ti que llevas toda la noche aquí conmigo, tan cariñosa, y no tengo valor para preguntarte una vez más cómo te llamas. Sin embargo, recuerdo cada pelo de la barba de mi abuelo, al que solamente conocí por un retrato al óleo. Y por el librito que debe de andar por ahí, en la cómoda, o arriba, en la mesilla de noche de mi madre, pregúntaselo a la doncella. Es un libro pequeño con una secuencia de fotografías prácticamente idénticas que, si se hojean deprisa, crean ilusión de movimiento, como en el cine. Retratan a mi abuelo caminando en Londres, y de niño me gustaba hojear las fotos de atrás hacia delante para hacer que el viejo anduviera marcha atrás. Es con esta gente tan anticuada con quienes sueño cuando me pones a dormir. Si por mí fuera, soñaría contigo en todos los colores, pero mis sueños son como el cine mudo, y los actores llevan mucho tiempo muertos. Hace poco fui a buscar a mis padres al parque infantil, porque en el sueño eran mis hijos. Fui a llamarlos con la buena nueva de que iban a circuncidar a mi abuelo recién nacido, que se había hecho judío sin más ni más. Desde Botafogo, el sueño pasaba a la hacienda al pie de la montaña, donde encontramos a mi abuelo con barba y patillas blancas, enfundado en un frac, caminando frente al Parlamento inglés. Se movía a paso vivo y rígido, como si tuviera piernas mecánicas, diez metros hacia delante, diez metros hacia atrás, igual que en el librito. Mi abuelo fue todo un personaje en los tiempos del Imperio, gran masón y abolicionista radical, pretendía enviar a todos los negros brasileños de vuelta a África, pero la cosa no salio bien. Sus propios esclavos, una vez manumitidos, eligieron permanecer en sus propiedades. Poseía cacaotales en Bahía, cafetales en Sao Paulo, hizo fortuna, murió en el exilio y está enterrado en el cementario familiar de la hacienda al pie de la montaña, con su capilla bendecida por el cardenal arzobispo de Río de Janeiro. Su ex esclavo más allegado, Balbino, un hombre fiel como un perro, se quedó sentado para siempre sobre su tumba. Si llamas un taxi, puedo enseñarte la hacienda, la capilla y el mausoleo.
miércoles, 3 de agosto de 2011
LEY DE SEGURIDAD NACIONAL
