
Benito Juárez, de ayer y hoy
29. El cinco de mayo
Al iniciar la campaña contra el gobierno mexicano, en abril de 1862, el ejército francés estaba considerado el mejor del mundo y llegaba a México precedido por enorme fama guerrera conquistada en memorables campañas, lo mismo en las ardientes arenas del desierto del Sahara, que en las nieves de la península de Crimea.
Mediante esas brillantes acciones militares, Napoleón III estaba construyendo o consolidando un imperio con colonias en el norte de África, Indochina y algunas de las Antillas menores. Ahora, al enviar un cuerpo expedicionario a México, quería construir un protectorado francés que extendiera la presencia del imperio francés a la América continental.
Basado en la fama del ejército francés, en la superioridad de sus armas y en los falsos informes sobre la situación mexicana que le habían proporcionado tanto José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte como su embajador Dubois de Saligny, Napoleón III creía que la pequeña fuerza expedicionaria mandada por el general Lorencez bastaba para decidir la campaña. El propio general, en una carta llena de soberbia y de desprecio por los mexicanos, afirmaba que al frente de sus seis mil soldados era dueño de México, y con esos sentimientos, el 27 de abril las fuerzas francesas salieron de Orizaba camino a Puebla.
La situación era muy grave para el gobierno de México, pues el Ejército de Oriente había perdido casi dos mil hombres en un desgraciado accidente ocurrido a la Brigada de Oaxaca en San Andrés Chalchicomula, y buena parte de los efectivos del ejército perseguían a las fuerzas de Leonardo Márquez y otras partidas guerrilleras. Sumando el hecho de que las fuerzas del norte aún no estaban disponibles, el general Ignacio Zaragoza contaba con apenas seis mil hombres para enfrentar al orgulloso invasor.
El valiente general norteño dispuso que las fuerzas de José María Arteaga y Porfirio Díaz aprovecharan las ventajas topográficas de las Cumbres de Acultzingo para hacer el mayor daño posible a los franceses y que luego se replegaran a Puebla, donde preparaba la batalla contra la división de Lorencez. De acuerdo con sus órdenes, el 28 de abril los mexicanos combatieron durante tres horas a los invasores causando una treintena de bajas al enemigo en la primera batalla de la guerra de Intervención que, sin embargo, dejó un mal sabor de boca por las graves heridas que recibió en las piernas el general Arteaga, de las que nunca se curó del todo.
Los franceses subieron al Altiplano donde, para su sorpresa –pues se creían los salvadores de México y esperaban recibimientos entusiastas– encontraron abandonadas todas las poblaciones. Tras pernoctar en Amozoc, al amanecer del 5 de mayo se movieron a Puebla, a cuya vista llegaron a las nueve de la mañana, luego de enfrentar a las avanzadas mexicanas.
El general Ignacio Zaragoza había colocado el grueso de sus fuerzas en Loreto y Guadalupe, dos pequeños fuertes que coronan una elevación de pronunciado relieve que domina la ciudad de Puebla. Lleno de soberbia y sin escuchar los prudentes consejos de Almonte, el general Lorencez ordenó que se formaran tres columnas para atacar frontalmente el fuerte de Guadalupe luego de poco más de una hora de bombardeo inútil, por lo accidentado del terreno que rodea el cerro y por la precisión de la artillería mexicana, que impidió que avanzara la francesa.
El ataque francés fue formidable y llegó hasta el terraplén del fuerte de Guadalupe, pero la defensa, encomendada a los soldados de los generales Felipe Berriozábal y Miguel Negrete –uno de los jefes conservadores que rechazaron la intervención extranjera poniéndose al servicio de la República– fue igualmente vigorosa y los franceses fueron obligados a retirarse con grandes pérdidas. Un segundo ataque, dirigido a la cresta que une Guadalupe con Loreto, fue igualmente rechazado por la resistencia de los mexicanos mandados por Francisco Lamadrid, apoyado por los fuegos de la gente de Negrete y Berriozábal. Al mismo tiempo, al pie del cerro la caballería del coronel Antonio Álvarez cayó como rayo sobre dos compañías francesas separadas del grueso del ejército invasor.
Al rechazarse el tercer ataque francés y evitarse un cuarto asalto gracias a la maniobra del coronel Álvarez, los franceses empezaron a replegarse y el general Zaragoza ordenó a la columna del general Porfirio Díaz, cuyos mil hombres aún no habían intervenido en el combate, que rechazara al enemigo hasta el pie del cerro, forzándolo a regresar a sus posiciones originales. Díaz quería continuar su marcha, pero Zaragoza, consciente de que los franceses eran aún más numerosos y de que lo principal era en ese momento la conservación íntegra de su pequeño ejército, le ordenó al valiente oaxaqueño detener el contraataque.
Cuatro horas duró la batalla y durante otras tres los ejércitos enemigos se observaron desde sus posiciones, hasta que Lorencez ordenó la retirada. El saldo para los franceses fue de 177 muertos, 305 heridos y 25 prisioneros; las pérdidas mexicanas ascendían a 83 muertos, 132 heridos y 12 dispersos.
En el parte que el general Zaragoza rindió esa misma noche al Supremo Gobierno, se asentó:
El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe se ha portado con torpeza en el ataque. Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Puedo afirmar con orgullo, que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano, durante la larga lucha que sostuvo.
Ese fue el resultado de la primera batalla propiamente dicha entre el ejército mexicano y el francés, y sus efectos fueron enormes, pues hicieron cambiar mucho la opinión sobre México y sobre la Intervención. Lorencez estaba furioso y quiso echar la culpa a Saligny y a Almonte, pues en ninguna parte vio, según dijo, los ejércitos ofrecidos, el partido monárquico, las flores y los repiques de campanas de la conservadora ciudad de Puebla, aunque ya de vuelta los franceses a Orizaba, se le incorporaron las menguadas fuerzas de Márquez.
En la ciudad de México una multitud acogió los informes sobre el resultado de la batalla con enormes muestras de júbilo, rápidamente contagiadas al resto del territorio nacional. La pequeña acción bélica del 5 de mayo parecía probar lo que Juárez afirmaba: México existía y era una nación soberana.
Pedro Salmerón Sanginés
29. El cinco de mayo
Al iniciar la campaña contra el gobierno mexicano, en abril de 1862, el ejército francés estaba considerado el mejor del mundo y llegaba a México precedido por enorme fama guerrera conquistada en memorables campañas, lo mismo en las ardientes arenas del desierto del Sahara, que en las nieves de la península de Crimea.
Mediante esas brillantes acciones militares, Napoleón III estaba construyendo o consolidando un imperio con colonias en el norte de África, Indochina y algunas de las Antillas menores. Ahora, al enviar un cuerpo expedicionario a México, quería construir un protectorado francés que extendiera la presencia del imperio francés a la América continental.
Basado en la fama del ejército francés, en la superioridad de sus armas y en los falsos informes sobre la situación mexicana que le habían proporcionado tanto José Manuel Hidalgo y Juan Nepomuceno Almonte como su embajador Dubois de Saligny, Napoleón III creía que la pequeña fuerza expedicionaria mandada por el general Lorencez bastaba para decidir la campaña. El propio general, en una carta llena de soberbia y de desprecio por los mexicanos, afirmaba que al frente de sus seis mil soldados era dueño de México, y con esos sentimientos, el 27 de abril las fuerzas francesas salieron de Orizaba camino a Puebla.
La situación era muy grave para el gobierno de México, pues el Ejército de Oriente había perdido casi dos mil hombres en un desgraciado accidente ocurrido a la Brigada de Oaxaca en San Andrés Chalchicomula, y buena parte de los efectivos del ejército perseguían a las fuerzas de Leonardo Márquez y otras partidas guerrilleras. Sumando el hecho de que las fuerzas del norte aún no estaban disponibles, el general Ignacio Zaragoza contaba con apenas seis mil hombres para enfrentar al orgulloso invasor.
El valiente general norteño dispuso que las fuerzas de José María Arteaga y Porfirio Díaz aprovecharan las ventajas topográficas de las Cumbres de Acultzingo para hacer el mayor daño posible a los franceses y que luego se replegaran a Puebla, donde preparaba la batalla contra la división de Lorencez. De acuerdo con sus órdenes, el 28 de abril los mexicanos combatieron durante tres horas a los invasores causando una treintena de bajas al enemigo en la primera batalla de la guerra de Intervención que, sin embargo, dejó un mal sabor de boca por las graves heridas que recibió en las piernas el general Arteaga, de las que nunca se curó del todo.
Los franceses subieron al Altiplano donde, para su sorpresa –pues se creían los salvadores de México y esperaban recibimientos entusiastas– encontraron abandonadas todas las poblaciones. Tras pernoctar en Amozoc, al amanecer del 5 de mayo se movieron a Puebla, a cuya vista llegaron a las nueve de la mañana, luego de enfrentar a las avanzadas mexicanas.
El general Ignacio Zaragoza había colocado el grueso de sus fuerzas en Loreto y Guadalupe, dos pequeños fuertes que coronan una elevación de pronunciado relieve que domina la ciudad de Puebla. Lleno de soberbia y sin escuchar los prudentes consejos de Almonte, el general Lorencez ordenó que se formaran tres columnas para atacar frontalmente el fuerte de Guadalupe luego de poco más de una hora de bombardeo inútil, por lo accidentado del terreno que rodea el cerro y por la precisión de la artillería mexicana, que impidió que avanzara la francesa.
El ataque francés fue formidable y llegó hasta el terraplén del fuerte de Guadalupe, pero la defensa, encomendada a los soldados de los generales Felipe Berriozábal y Miguel Negrete –uno de los jefes conservadores que rechazaron la intervención extranjera poniéndose al servicio de la República– fue igualmente vigorosa y los franceses fueron obligados a retirarse con grandes pérdidas. Un segundo ataque, dirigido a la cresta que une Guadalupe con Loreto, fue igualmente rechazado por la resistencia de los mexicanos mandados por Francisco Lamadrid, apoyado por los fuegos de la gente de Negrete y Berriozábal. Al mismo tiempo, al pie del cerro la caballería del coronel Antonio Álvarez cayó como rayo sobre dos compañías francesas separadas del grueso del ejército invasor.
Al rechazarse el tercer ataque francés y evitarse un cuarto asalto gracias a la maniobra del coronel Álvarez, los franceses empezaron a replegarse y el general Zaragoza ordenó a la columna del general Porfirio Díaz, cuyos mil hombres aún no habían intervenido en el combate, que rechazara al enemigo hasta el pie del cerro, forzándolo a regresar a sus posiciones originales. Díaz quería continuar su marcha, pero Zaragoza, consciente de que los franceses eran aún más numerosos y de que lo principal era en ese momento la conservación íntegra de su pequeño ejército, le ordenó al valiente oaxaqueño detener el contraataque.
Cuatro horas duró la batalla y durante otras tres los ejércitos enemigos se observaron desde sus posiciones, hasta que Lorencez ordenó la retirada. El saldo para los franceses fue de 177 muertos, 305 heridos y 25 prisioneros; las pérdidas mexicanas ascendían a 83 muertos, 132 heridos y 12 dispersos.
En el parte que el general Zaragoza rindió esa misma noche al Supremo Gobierno, se asentó:
El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general en jefe se ha portado con torpeza en el ataque. Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Puedo afirmar con orgullo, que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano, durante la larga lucha que sostuvo.
Ese fue el resultado de la primera batalla propiamente dicha entre el ejército mexicano y el francés, y sus efectos fueron enormes, pues hicieron cambiar mucho la opinión sobre México y sobre la Intervención. Lorencez estaba furioso y quiso echar la culpa a Saligny y a Almonte, pues en ninguna parte vio, según dijo, los ejércitos ofrecidos, el partido monárquico, las flores y los repiques de campanas de la conservadora ciudad de Puebla, aunque ya de vuelta los franceses a Orizaba, se le incorporaron las menguadas fuerzas de Márquez.
En la ciudad de México una multitud acogió los informes sobre el resultado de la batalla con enormes muestras de júbilo, rápidamente contagiadas al resto del territorio nacional. La pequeña acción bélica del 5 de mayo parecía probar lo que Juárez afirmaba: México existía y era una nación soberana.
Pedro Salmerón Sanginés
No hay comentarios:
Publicar un comentario